Acostándome con el Hermano Equivocado extracto

Regla #1 de Magia de los Dalton: Nunca reveles tus secretos.

 

 

— Hola, Mariquita.

Melina Parker de catorce años de edad sacudió su mano ante el sonido de la voz de Rhys Dalton, haciendo que la lagartija en la palma de su mano, se escapara. Levantándose, ella frunció el ceño para ocultar el súbito mariposeo en su estómago. — Maldita sea, Rhys. Me tomó casi una hora hacer que se me acercara.

Rhys, quien incluso a los dieciséis años sobrepasaba la pequeña estatura de Melina, giró sus ojos. Él era un gemelo idéntico y era difícil para Melina creer que había dos hombres guapísimos con ese mismo tono de pelo color miel y ojos de color verde claro, caminando sobre la tierra.

— Tu mamá me dijo que te dijera que te mantuvieras limpia. — El lado izquierdo de su boca se arqueó hacia arriba, revelando apenas un indicio de un hoyuelo. — Supongo que es demasiado tarde para eso.

Melina miró el polvo que cubría sus jeans. Haciendo una mueca, con una palmada se limpió y gruñó. — Ella me matará. Ya está enojada porque no me pondré el vestido que me compró. Tendrías que haber visto Rhys. Tenía puntos. Quiero decir, yo en puntos. ¿Puedes imaginarte?

— Oh vamos, tiene sentido. Además, creo que te verías linda en un vestido.

Ante esas palabras pronunciadas en voz baja, la cabeza de Melina se sacudió. Él no podía referirse…

No, por supuesto que no. Había estado tan distante últimamente. Ni siquiera la miraba. En cambio, él estaba mirando hacia una tarjeta de juego en sus manos, doblándola. Nada de extraño en ello. Al igual que sus padres, Rhys y su hermano gemelo Max, siempre estaban jugando con una especie de truco de magia. Él tenía una afición especial por hacer desaparecer monedas. A veces ella deseaba que él pudiera hacer desaparecer su amor por él con la misma facilidad, pero primero tendría que admitírselo. Eso sería lo que nunca sucedería. Había visto el tipo de chicas a las que él y Max se sentían atraídos, y la cosa era simple, las regordetas poco femeninas no aplicaban.

Por lo menos no la llamaba “Chanchita Parker cuatro ojos”, de la forma en que algunos de los chicos de la escuela lo hacían. De hecho, cuando Rhys escuchó que Scott Thompson la llamaba así, había seguido a Scott y le había hecho una advertencia. Ahora cada vez que Melina se acercaba, Scott se alejaba de ella apresuradamente.

Empujando sus gafas en su lugar, ella se acercó, tratando de ver lo que estaba haciendo Rhys. — Eh. Así que, ¿has sabido algo de Max?

Sus manos se detuvieron brevemente antes de continuar. — Sólo que no odia el campamento de fútbol como pensaba que lo haría. Podría tener algo que ver con el campamento de las chicas de al lado.

Ella soltó una risita. — Apuesto a que estás deseando haberte ido al campamento cuando tuviste la oportunidad, ¿eh?

— No.

— ¿Por qué no?

Su mirada se encontró con la suya. A diferencia de Max, las pupilas de Rhys tenían un ligero anillo color ámbar a su alrededor. Había leído en alguna parte que el color diferente de ojos en los gemelos idénticos, era extremadamente raro. La sutil diferencia encajaba en la personalidad de Rhys. Mientras Max era casi siempre despreocupado y alegre, Rhys mostraba una tranquila calma, como si una parte de su mente estuviera en otro lugar, algún lugar en donde nadie más podía ir.

Él se encogió de hombros. — El tiempo en casa es escaso. Tú sabes eso.

Melina asintió. Lo sabía. Era la cosa más difícil siendo amiga de los gemelos Dalton: la cantidad de tiempo que tenía que pasar extrañándolos. A menos que los padres de Rhys estuvieran trabajando en un nuevo acto, como ahora, ellos pasaban su tiempo viajando y actuando. Aun así, a pesar de tener que ser educados en el camino por tutores, Rhys y Max siempre parecían disfrutar de ir a nuevos lugares. Ciertamente ella envidiaba la oportunidad que tenían ellos de ver más que este pequeño pueblo universitario, al que llamaba hogar.

— Pobre bebé, — bromeó, arrancando una hoja de hierba de la tierra y haciéndola girar. — Poder ver el mundo con tus famosos padres debe ser tedioso, ¿eh?

Él frunció el ceño, luego sacudió su cabeza. — No, tienes razón. Es estupendo. — Él movió su mano hacia ella. — Toma. Para reemplazar la que ahuyenté.

Ella dejó caer la hoja de hierba, extendió la mano y tomó la tarjeta. Mirándola, se quedó sin aliento. Él había doblado la tarjeta de tal forma, que parecía claramente una lagartija, con una pica como su ojo. Una sonrisa se dibujó en su rostro y de hecho, chilló diciendo: — ¡Es tan lindo!

Ella levantó la mirada, feliz de ver que el ceño en él, había desaparecido. Un mechón de cabello había caído sobre sus ojos y ella moría de ganas por apartarlo con sus dedos. No lo pensaría dos veces si hubiera sido Max, ¿pero con Rhys? No podía arriesgarse a revelar lo que sentía por él. Sabía que eso solo provocaría que él le diera palmaditas en la cabeza y luego le dejara de hablar por completo, y eso la mataría.

Se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros otra vez. — Conseguí este libro en la biblioteca…

Un movimiento detrás de su hombro hizo que sus ojos se abrieran. — ¿Max? — Ella miró a Rhys, cuya expresión se puso rígida. — ¡Es Max!

Corrió dejando atrás a Rhys, y se arrojó sobre su hermano. Max se echó a reír y la levantó, girándola antes de ponerla de pie. Incluso para un extraño, las diferencias entre él y su hermano serían obvias ahora. Estaba bronceado, y su pelo había crecido ya casi tocando sus hombros, ella lo alcanzó y lo sacudió. — ¿Qué pasa con el cabello estilo femenino?

Él entrecerró los ojos y tocó con su dedo su nariz. — Aun jugando en la tierra, ¿no?

Ella apartó la mano de él. — Estás en casa temprano. Rhys dijo que estabas divirtiéndote en el campamento.

— Lo estaba. Pero quería ver qué estaban haciendo mamá y papá con el acto. Realmente están montando algo único para la gira europea. ¿Tus padres están aquí ayudándolos?

— Todos los días durante la última semana. Algo sobre una cosilla mecánica.

Max sonrió y pasó un brazo alrededor de su hombro. — Genial. Vamos a echar un vistazo.

— Está bien. Pero primero mira lo que Rhys me hizo. — Ella levantó la lagartija de papel, incluso cuando se volteó hacia Rhys. — Está genial. Rhys, vamos a…

Rhys pasó a su lado, asintiendo con la cabeza a su hermano y dándole una palmada en el hombro. — Vamos hombre. Te va a encantar. Es enorme. Quiero decir…

Mientras caminaban delante de ella, los dos riéndose y empujándose, Melina frunció el ceño. Miraba que bien se llevaban entre sí, y vaciló. Ellos regresarían a la carretera en unas cuantas semanas más y entonces sería sólo ella y sus padres en su pequeña y tranquila casa, con su nariz inmersa totalmente en los libros. Nadie la llamaría Mariquita o practicaría trucos con ella.

Nadie en quien soñar.

Lo que era una tontería de todos modos. Sus padres decían que las cosas llegaban a buen término a través de la investigación y de ser aplicado, no soñando. Y tenían razón acerca de todo.

Excepto por los vestidos de puntos, se corrigió.

Con un suspiro, se metió con cuidado en el bolsillo la lagartija de papel y se apresuró a alcanzarlos. — ¡Hey, chicos! ¡Esperen!

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